26 de mayo de 2012

Novios...



El género humano siempre ha sido muy supersticioso. Tenemos gatos negros y conjugaciones fatales de días y números. Aunque generalmente la gente dice no estar para esto, que son tonterías, que hay cosas más importantes de que preocuparse, yo he visto al más pragmático de voz cruzar la acera antes de pasar por debajo de una escalera de unos operarios de Telefónica que, subidos allí cual montañistas en Everest (por lo visto últimamente mueren muchos montañistas en el Everest, porque son aficionados que desean alcanzar el mayor ocho mil sin tener remota idea de montañismo) intentaban arreglar la banda ancha de los postes centrales sin demasiado éxito.

Pero más vale prevenir que curar, ¿no? Por eso, imagino, en el día teórico más importante de nuestras vidas, el día de la boda, la gente prefiere correr los menores riesgos posibles. Casarse es antiguo, y la superstición, más. Y como siempre queda bien remontarse a los años pretéritos para escudriñar las actitudes absurdas e inverosímiles que manifestamos hacia ciertas tradiciones, pongamos ejemplos. Veamos. En la época del canto gregoriano, eso es la Edad Media, las parejas intentaban hacer coincidir su boda con la noche de luna llena. Lo pretendían porque la luna, según se contaba, bendecía a los novios con fertilidad y abundancia económica. Como no le encuentro explicación razonable, diré que será por algo relacionado con las mareas… Sin embargo, que no hubiera luna no importaba si te casabas en lunes, porque lunes era el día de la luna y, de algún modo u otro, la fertilidad seguía estando presente. En martes ni te cases ni te embarques. Por tanto, martes: mal día para casarse. Mal día porque este día homenajea a Marte, dios de la guerra, nacido del romance entre Júpiter versión flor y Juno, y procedencia del nombre de un servidor. Viernes. Viernes sí. Aunque no haya luna, si es viernes cásate, porque es el día de Venus, diosa del amor y la belleza, y aunque no te dé muchos hijos –esto adaptado a nuestro siglo parece interesante- sí te concederá juventud y amor duraderos -¿quién da más? Si es domingo, no lo dudes, ponte el anillo, porque domingo es el día del sol, domínicum, dómine, dominador, es decir, dios y el sol aporta muchos beneficios a la carne humana, ergo, también deberá de hacerlo al matrimonio. Si es enero y tú, supersticioso, olvídate: es el mes del frío, de la carestía, de la escasez, ¿y no querrás ser pobre hasta que la muerte te separe?
El caso es que durante muchos siglos se intentó cumplir esta larga lista tarotista y esotérica tan poco convincente. Ahora, afortunadamente, las cosas han cambiado. De hecho, ahora las bodas reúnen todos los componentes esenciales que la gente a quien nos gusta la cultura apreciamos. Y éstos son aspectos, aunque pasionales, considerablemente más comprobables que la suerte o el destino ya escrito. Música, literatura, moda, arquitectura y amor se desposan en un mismo escenario. Ya sea al estilo católico: el novio engalanado con su camisa blanca y la corbata roja de nudo plisado, muy bien cerrada sobre un chaleco de terciopelo gris, aguarda sobre el altar a la novia que elegante y ceremoniosamente avanza por el pasillo de una nave góticorrománica para, tras una parrafada muy literaria, darse el sí quiero definitivo; ya sea al estilo civil: lo mismo pero en cualquier Ayuntamiento. Pero que el destino fatal no exista, no significa que los futuros matrimonios estén exentos de la mala suerte. Esta semana pasada, sin remontarse a la edad media, un novio se quedó encerrado durante cuatro horas en un ascensor ¡con sus padres!, mientras su futura esposa, de los nervios, esperaba con todos los invitados ante el altar. ¿Qué pensaría aquella pobre mujer al verse sola, con su velo, con el traje de ensueño blanco, níveo, celestial…? ¿Qué sentiría: pena, tristeza, vergüenza, odio? Quien seguro nada de esto sintió fue el novio que, también la semana pasada en Oviedo, mientras sus coleguillas lo manteaban por haberse unido en sagrado matrimonio, tuvo la mala pata de caer al suelo, golpearse en la cabeza y sufrir conmoción craneoencefálica, terminando el día más bonito de su vida ingresado en la UVI con un diagnóstico grave. La parte positiva es que este buen hombre se está recuperando y que el atrapado en el ascensor logró llegar a la boda (aunque lo hizo gracias a sí mismo, quitándose el chaqué y saliendo por el techo del ascensor).
Una boda no significa consumación. Y menos ahora. Simpatizantes y detractores –que con el pensamiento contemporáneo cada día son más- no lograrán reconciliarse nunca en este aspecto. Y por eso, por extraño que parezca, hoy no voy a determinar ninguna posición directa: allá cada uno con su prosa, allá cada uno con su poesía. Y si de ésta última escaseáis como víveres medievos en enero, leed a la poeta y no poetisa que escribe en el blog Amanecer nocturno: apaga la cerilla, / adminístrate lo tuyo / y ven aquí. / ¿Fumigamos el infinito juntos? Vale la pena. Aunque no pretendáis casaros.

4 comentarios:

  1. Yo sí me caso será en las Vegas y disfrazada jajaja... El negocio que hay para celebrar una boda es inquietante... te lo digo porque he trabajado en el sector... Un Saludo!

    ResponderEliminar
  2. Lo del ascensor fue una señal.
    No hay más ciego que el que no quiere ver...

    Amanecer Nocturno es un lujo para el lector.
    Yo también la recomiendo.

    ResponderEliminar
  3. Jo, muchas gracias por recomendarme y llamarme poeta, no me merezco tantos honores. Me he emocionado :)

    En cuanto a las bodas no les veo ningún sentido, más que el económico, claro, es decir, que necesitas tener algún papel que certifique una unión para la renta, becas de futuros hijos, etc. Las veo como algo útil para ese fin, pero no para certificar un amor para el que los actos, palabras y gestos de cada día valen.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  4. En el tema bodas tengo las cosas muy claras.

    Por la Iglesia, imposible, aparte de ser atea estoy sin bautizar, sin comunión y todas esas cosas, y jamás lo haré para casarme. Además el color blanco no me sienta bien.

    Quizá algún día por el Juzgado, y eso será por cuestión de papeles en cuanto a niños, es decir, que si no tengo hijos no me caso.

    Por lo tanto, seguiré viviendo como hasta ahora. La convivencia 24 horas y el amor, eso es lo que define un matrimonio, y lo que lo rompe también. No el casarse. No necesito casarme para ser fiel a mi pareja o sentirme unida a él hasta que me muera.

    Gracias por la recomendación. Escribe fenomenal.

    Un saludo.

    ResponderEliminar