12 de septiembre de 2011

Al violento

Sucede cada día, en Barcelona, en la travesía, en Travessera de Gràcia, en la calle por antonomasia empresarial y de los despachos. Desde luego, la secuencia de bancos, cajas y otras epifanías del capitalismo es interminable. Aquí, una Caixa; acá, el Banco Santader; allá, la compañía de seguros más grande de Europa. Y en ningún lado deja de existir algo. Por eso mismo es muy normal la asidua predisposición de la pena y la mendicidad visible, en la calle, en el suelo, en las esquinas.
La metáfora es perversa. Los mendigos, limosneros y otros sin techos se sitúan en las puertas de estos grandes bombardeos económicos.
Delante de Catalunya Caixa: pensarán, ¿qué mejor modo de desvelar la indiscreta sombra de la desigualdad burocrática, sucia y ruin, la distancia del poder absoluto de la banca frente al civil desprotegido? Acaso no piensen exactamente esto. Pero saben que a la gente, que siente y sabe y conoce la explotación de la banca, sentirá cierta proximidad con su mendicidad e indefensión. 
Delante de los supermercados: pensarán, la comida es una necesidad, es un requerimiento básico y un recurso vital para la existencia digna. Saldrán del establecimiento con las bolsas llenas de pizzas, pasta fresca, ensalada y cerveza; yo, por el contrario, estaré sentado en la acera, probablemente cerca del orín de los perros que, indiscriminados, alzan la pata junto a mis frágiles piernas, lacando de amarillo el gris y de peste la humedad; asimismo, el cambio que una bonita o fea cajera les haya devuelto será de moneditas sueltas, muy preciadas para un mendigo como yo; tal vez, entre la indisposición de las manos, el peso de las bolsas, la cartera en la boca y el tique arrugado entre alguno de los dos puños, me lancen las monedas casi por despecho; me importa una absoluta mierda cómo me las lancen, con tal me las lancen, arrojen o tiren en la cara…
Lejos de todo esto, cabe destacar un paradigma distinto. Este es también un mendigo, pero intelectual. Es alto, su pelo es largo, sus ojos están medio cerrados, viste grotescamente, y basta ya de indiscreción. Se sienta en el suelo, como los demás. No en Travessera, ni en travesía alguna, sino en todas las calles, en las de Badalona, en la barra de los bares, en la Rambla tendido sobre el suelo. Habita -lunes, martes y miércoles por la tarde- la acera del portal de una librería de antiguos ejemplares. Allí, con su cara de pasmarote y su desgenio de negligencia mental, aguarda la inspiración que jamás le llega. Quiere especializarse en cine. Pobre hombre. Su sombra de barba es cada vez más gris. No dispone trabajo, pero tampoco lo quiere. Solo quiere libros, pasión, literatura, ser considerado en algún festival de cine, escribir lo que siente y cuanto puede transmitir...
El librero sale entonces de la librería y le lanza un libro que le golpea el cráneo con el canto de la tapa. Es un libro de Almodóvar. El chaval yace sobre el suelo, ante la librería, envuelto en un charquito pequeño de sangre escarlata y negra. Con una ridícula camiseta de película mala.
Y así -esto- sucede cada día en las travesías de nuestro tiempo. Que, en parte, así sea.

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