20 de abril de 2012

Minifaldas, corsés y tacón alto



“Es necesario aplicar criterios universales para definir lo que se considera pornografía y uno de ellos será el de llevar la falda por encima de la rodilla”. Esta ilustre declaración la pronunció el ministro de Asuntos Religiosos del país con mayor número de musulmanes del mundo, Surydharma Ali, el pasado mes de marzo en el parlamento indonesio.
Es la misma cantinela de siempre.
Indonesia se sumió en un proyecto-ley 2008 que promulgaba aniquilar la circulación nacional de la pornografía; ya fueran libros, deuvedés, o fotografías. El tema renovó energía cuando, hace apenas tres meses, el presidente de la cámara parlamentaria, Marzuki Alie, declaraba que las mujeres que vestían de manera provocadora, de algún modo, incitaban a los hombres a caer en el pecado. Nos suena, ¿verdad? Vaya, que si las violan es porque ellas tientan, sugieren, soliviantan y se lo buscan.
Y que no se quejen. En primera instancia el Gobierno propuso a las diputadas del parlamento que no fueran a trabajar con piezas demasiado insinuantes, porque la palabra convence, pero el ejemplo arrastra, y no fueran a olvidarlo en casa… Pero el detonante estalló a raíz de las últimas violaciones producidas en autobuses públicos, que ya han avivado la discordia en Yakarta, y entendemos que terminará mal.
No obstante, el sucio culto al cuerpo femenino no se queda en la retroactiva inquisición presente de la generalidad musulmana. No concierne, en fin, a Alá y a sus solos seguidores, de hecho, no se trata de una premisa moral cíclicamente religiosa –cristiana, musulmana, budista, taoísta, la que sea-, ni hablar, la histeria enfermiza y la violencia social hacia la carne de la mujer se halla aquí, allá, acá, cerca, proximísima, en Europa, en  Barcelona, en París y Londres, en Nueva York y Toronto, en México D.F. y en Berlín y en Praga, en Tian’nmen y en la Plaza Roja. Una chica se viste con una falda cortita, podría ser una de aquellas microfaldas japonesas, pero no lo es, es una de aquellas minis de volantes negros que muestran cómo la larguísima pierna se apoya en la acera con la elegancia de un flamenco o de una jirafa, aquellas que alargan la rodilla y la tibia y peroné parecen erguirse como una estalactita ártica, o aquellas que, simplemente, gustan a sus portadoras y que por son llevadas. Encuentro evidente que el marido cuarentón que, con o sin su mujer, tal vez sea soltero, otee a aquella chica con una mirada de disimulo, de admiración, ¡de excitación!, incluso inquisitiva, pero no comprendo a aquellos que, despojándose de la mismísima dignidad, tienen el descaro de vociferar soeces y completamente estúpidos piropos que, de verdad, no satisfarían ni a una octogenaria reprimida o, en su defecto, virgen. No entiendo el mal gusto de aquellos que, creyéndose graciosos, acercan la mano, o el paquete, y creen que, no sé, serán correspondidos con algo distinto a una terriblemente justa bofetada. Por no entender, no entiendo ni a aquellas –sí, mujeres- que se giran cual exorcizadas para abrir los ojos como platos y decir, ay, mira esta fulana. Si la envidia fuese tiña…
Este ejercicio, que puede ocurrir en Madrid, en Santiago, en Oviedo, en Barcelona, que ocurre cada tarde con la misma frecuencia que muere un niño en el mundo por desnutrición, que ahora mismo está ocurriendo en algún lugar de los citados, o no, en cualquier otro, en Tian’anmen o en la Plaza roja, este ejercicio traza un fuerte paralelismo con las prácticas políticas, en este caso, de Indonesia. No es intolerancia, no es religión, no es un tallo de libertad, sino una completa plaga de ignorancia. Porque tan libre es creer en dios como llevar minifalda. Con una diferencia: las minifaldas sí existen, y ellas sí son adorables.

1 comentario:

  1. Tengo edad para recordar cuando por primera vez la minifalda fue reemplazada (momentáneamente) por una falda por debajo de la rodilla (se llamaban “midis”). En ese tiempo (1971) nos visitó un primo que era detective y nos contó que la mayoría de las mujeres violadas vestían o pantalones o “midis” y que los violadores confesaban que estas últimas constituían “una provocación”. Asi que el cuento de la minifalda como prenda provocativa queda solo en la mente del que la mira con ojos pervertidos.

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